El sacramento de la penitencia

El de la Penitencia es un Sacramento que maltratamos, bien porque no nos servimos de él todo lo que Dios quiere, bien porque lo hacemos de corrida.
Si hiciéramos bien nuestras confesiones, nos ahorraríamos mucho tiempo de Purgatorio, porque además este sacramento es aceptar la llamada personal de Jesús a la conversión, que se realiza en lo profundo de la oración

 

Método:

Conviene repasar de vez en cuando lo que sobre este Sacramento explica el Catecismo: números 1422-1470

Haz cada confesión como si fuera la última de la vida.

Puede ser el día anterior o el mismo día, como más ayude. Se puede dedicar el tiempo de la oración de ese día y conviene dedicar entre 30 y 60 minutos (para repasar el catecismo)

Tal como os he aconsejado, diariamente escribís un par de líneas (±) en vuestro cuaderno, tras el examen de conciencia. (A propósito de estas líneas, os recuerdo que son como el resumen del examen, y que podría ser práctico que pusierais en ellas lo que creéis que Jesús os diría en ese momento. Como el examen se realiza en ambiente de oración, no es tan difícil intuir qué es lo que me dirá…).

En el examen de preparación de la confesión se releen las notas tomadas durante la semana que ha pasado. De esta forma, este rato se convierte en revisión o examen de la semana. Así como apuntáis diariamente en el examen esas dos líneas que os recomiendo, al final de la revisión semanal apuntáis lo que podríamos llamar el resumen semanal. Y, como alguna otra vez os he dicho, podéis remarcarlo rodeándolo de un marco o algo así, de modo que queden fácilmente visibles estas revisiones semanales.

Naturalmente, aparte de la revisión de los exámenes de conciencia semanales, examináis qué otras faltas ha podido haber durante la semana.

 

Arrepentimiento

Conviene dedicar más tiempo al arrepentimiento y propósito de enmienda que al examen de los pecados. Muchas confesiones son nulas porque, aunque se dicen los pecados, no hay suficiente arrepentimiento. De hecho, solemos dedicar más tiempo a revisar éstos y ver cómo lo decimos que a la contrición, siendo ésta mucho más importante.

Conviene actuar y ejercitar los motivos por los que nos arrepentimos, tanto de amor como de temor, si bien conviene insistir en los motivos de amor. Se puede meditar el “Señor mío Jesucristo” y otras oraciones apropiadas.

 

Propósito

Digo aquí lo mismo que en el arrepentimiento, sobre su importancia: muchas veces no acabamos de mejorar y seguimos con los mismos fallos porque lo hacemos muy a la ligera. Es algo así como un Psicoanálisis espiritual, en el que el Psicoanalista es Jesús (Es más efectivo, fácil y barato que cualquier otro Psicoanalista). En éste, con la Luz de Dios, vamos conociéndonos cada vez mejor y más profundamente y Él nos da la fuerza que necesitamos para seguir avanzando.

Una vez que tenemos presentes los pecados o faltas, hay que estudiar a fondo cómo podemos evitarlos. Para ello, se investiga en qué circunstancias se suelen dar y cuáles son sus causas, pensando cómo cambiar esas circunstancias o causas, que son como el caldo de cultivo en que se dan.

Como muchos pecados dañan al prójimo, hay que hacer propósito eficaz de reparar el daño hecho. Por ejemplo, hay que restituir lo robado, restablecer la reputación del que ha sido criticado, etc. Es deber de justicia.
Aquí entra también devolver a sus dueños las cosas que tengo prestadas desde hace tiempo, como libros…

 

Confesión

Es bueno elegir un buen confesor, como quien elige médico, que no se contenta con cualquiera. Pero, si no está el confesor habitual en el día señalado, no dejar de confesarse, como tampoco elegimos médico cuando vamos a Urgencias: nos basta que nos atienda quien nos pueda curar.
No debemos confundir confesión con dirección espiritual. Son dos cosas distintas.
Por supuesto, a la confesión no vamos a desahogarnos, y menos a quejarnos de los demás (esto último sería pecado de crítica).

 

Penitencia o satisfacción

El pecado hiere y debilita al pecador mismo, así como sus relaciones con Dios y con el prójimo. La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó (cf Cc. de Trento: DS 1712).
Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual. Por tanto, debe hacer algo más para reparar sus pecados: debe “satisfacer” de manera apropiada o “expiar” sus pecados. Esta satisfacción se llama también “penitencia
(Catecismo de la Iglesia Católica, 1459).

Es lo que el confesor pone al terminar la confesión. Aparte de la que el confesor impone (que suele ser muy poco), es bueno que nosotros mismos nos pongamos algo por nuestra cuenta, correspondiendo a la naturaleza de los pecados cometidos: oración, limosna, obras de misericordia, sacrificios, etc.

 

P. Angel María Rojas, S.J.

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